Vi a varias personas pasar. Una mujer lloraba porque su padre acababa de fallecer, otra acariciaba su vientre porque esperaba un bebé; también vi a un sujeto que estaba feliz porque su esposa lo hizo papá, y una niña con una pulsera resorte de colores, lanzándola por las escaleras.
Caminé por una hora en el jardín mientras pensaba.
Mi madre necesita estar tranquila y mi hermano necesitaba a alguien que lo cuidara. Yo iba a sobrar en la casa, así que tomé una decisión.
Regresé a la sale de espera para encontrarme con la Dra. Jane. Seguramente mi hermano ya estaba en una habitación. La reconocí apenas entré. Era un poco gorda, alta, morena y de cabello negro rizado.
-Dra. Jane.
-Jack – sonrió al decir mi nombre. –Tu hermano está en la habitación 305 del piso 3.
-Mmm… gracias. Ya subo-. Me dirigí al ascensor y esperé a que bajara. Cuando llegó, marqué el piso 3 y organicé en mi mente el discurso que le diría a mi madre.
El ascensor se abrió y caminé por un largo pasillo hasta llegar a la habitación. Mi hermano fue el primero en mirarme.
-¡Jack!- Dijo a duras penas.
-Shh… No te agites, hermanito-. Le arreglé el cabello.
-Pero…
La doctora Jane entró a la habitación. –Hola, Jacob. ¿Cómo te sientes?- Le abrió la camisa y empezó a escucharle los latidos de su corazón con el estetoscopio.
-Mejor…
-Todo se oye bien. No tienes líquido en los pulmones, tus latidos son normales…, pronto te recuperarás-. Le sonrió.
-¿Y me iré a casa?
-Por supuesto – me miró. –Bueno, los dejo. Deben tener mucho de qué hablar-. Jane recogió algunas cosas y salió.
-¡No! ¡Espera!- Gritó Jacob.
-¿Qué pasa, hijo?-
-¿Te duele algo? ¿Le digo a la doctora que vuelva?- Le pregunté.
-No… - tomó mi mano. –Por favor, Jack. Te prometo que te haré caso y me portaré bien contigo. Pero, por favor, por favor, por favor, dile eso a la doctora para que me deje caminar; dile que me quite el castigo, dile que me deje mover las piernas otra vez. Prometo portarme bien…
Me quedé estupefacto con lo que dijo mientras que mi madre me veía con ojos vidriosos.
Solté su mano y salí corriendo de la habitación. Mi madre vino detrás de mí.
-¡Jack! ¡Espera!
Corrí hasta un enorme balcón del hospital y me senté en un banco.
-Jack…- Mi madre se acercó y se sentó a mi lado. –Jack, hijo no llores.
-Déjame solo, mamá.
-Escucha, tú no tienes la culpa. Te dije tantas cosas horribles hace un momento, y no fue mi intención. Estaba nerviosa, Jack. Son mis hijos, mis niños y me preocupan…
-Mamá, te dije que quiero estar solo.
Agarró mi mano y la apretó con fuerza. –La culpa es mía, Jack. Yo debo cuidar de ti y de tu hermano; no al revés. Perdóname, hijo-. Acarició mi cabello.
-Está bien. No hay problema…, pero, mamá, quiero irme de la casa.
Se sobresaltó. -¿Qué? ¿Por qué?
-Es mejor.
-¡Claro que no, Jack!
-Mamá, ¿con qué cara miraré a Jacob todos los días? La razón por la cual está así, es culpa mía. Yo lo dejé solo. Por mí es que quedó paralítico.
-Jack, te necesitamos ahora más que nunca en casa.
-No, mamá. Necesitan tranquilidad… Yo me iré a otro lado, trabajaré y la mitad de lo que gane te lo mandaré para que pagues los gastos de lo que sea.
-Pero, Jack, aún eres menor de edad. No puedes trabajar. Y no necesito que me ayudes con los gastos, yo puedo. Quiero que estés en casa.
-¡Pero yo no quiero estar allí! ¿No entiendes?
Mi madre bajó la mirada y se puso a llorar.
-Mamá, no llores. Prometo que iré a visitarlos…- La abracé fuerte.
jueves, 11 de marzo de 2010
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